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[MC] Un par de cuentecillos.



Hola. Me llamo Iñaki y escribo algunas tonterías. Os envío un par de
cuentecillos cortos para que lo disfrute la gente si creéis que merecen la
pena. Estoy dispuesto a mandar más si no me crucificáis por malo.

Un saludo.

campoman@lix.intercom.es

Primer cuentecillo.

POBRE SEÑOR POBRE.

  El señor Gutiérrez era pobre. Era tan pobre que un día, después de una
dura jornada de mendicidad, cuando volvía a su morada, un infecto agujero
en unas antiguas obras, tuvo la desgracia de verse sorprendido por una
bocanada de suerte, que le hizo tambalearse de un lado para otro, hasta el
punto de que la pobreza se le cayó del espíritu y se le fue a colar por una
alcantarilla. Toda la noche estuvo tirado en el suelo, metiendo la mano
inútilmente entre las angostas rendijas. Algunos compañeros de mendicidad
se unieron intentando levantar la tapa que separaba a Gutiérrez de su
pobreza. Pero fue inútil. Todo fue inútil. La pobreza fue arrastrada túnel
abajo, y ya no hubo posibilidad de recuperarla. El señor Gutiérrez se quedó
dormido, agotado.

  A la mañana siguiente,  el señor Gutiérrez se despertó. Bajó de la
mullida cama y se vistió con ayuda del mayordomo.

- Bautista.

- ¿Sí, señor?.

- Póngame con industrias Stark. - Rápidamente un teléfono le fue entregado.

- ¿Míster Stark?  ...  Sí, sí, estoy bien, sí ... Sí, mi familia también,
gracias, están de viaje por las islas del pacífico... Sí, sí. Bueno, déjese
de tonterías. Hoy vence el plazo, como usted sabe ... No, no, lo siento,
pero no puedo esperar más. El contrato lo especifica claramente. Si no
paga, el cincuenta y uno por ciento de las acciones pasan a pertenecer a
industrias Gutiérrez  ... No, no, no le servirán de nada sus amenazas.
¿Recuerda el desgraciado accidente del presidente de industrias Plim?.
Sería una lástima que una mujer y unos hijos como los suyos se quedaran sin
un  padre tan bueno y tan cariñoso como usted. Bien, bien, veo que ahora
nos vamos entendiendo. Le mandaré a mi abogado con el contrato de
compra-venta de industrias Stark. Sí, sí, yo también creo que podemos
llegar a un acuerdo. Lo siento, tengo que dejarle, debo estar en Bonn a las
once, tengo mi jet personal esperando. Adiós, adiós. - La secretaria entró
en ese momento con una libreta en las manos. 

(Léase muy rápido).

- Hoy a las nueve visita con el secretario de industria y comercio, a las
diez tomar el avión para Bonn, a las once reunión con el presidente alemán
sobre el tema del nuevo caza eurofighter 2000 (recuerde que debe amenazar
con retirar todo el apoyo económico si no concede derechos de privilegio
económico a la peseta en el Bundesk Bank), a la una almuerzo con Bill
clinton, a las tres visita al museo de arte, - (léase aún más rápido) - a
las cinco estudio de viabilidad de la empresa Volkswagen, a las siete
reunión con la cámara de comercio sobre el tema del desarrollo del nuevo
superconductor de berilio-carbono (recuérdeles que fue invento de usted y
no admitirá menos de una participación del noventa por ciento en la empresa
desarrolladora), y a las ocho "reunión" con Sharon Stone en el hotel Hilton
de Bonn.

(Vuélvase a lectura normal).

  El señor Gutiérrez era importante. Muy importante. En realidad, tomaba
las verdaderas decisiones de estado. Sus decisiones promovían el alzamiento
en el poder de un partido político, o la caída de éste en el olvido. No
importaba el signo, izquierdas, derechas, daba igual. El poder de su voz y
la fuerza de su firma rompían con todos los derechos y deberes. Industrias
Gutiérrez gobernaba el Mundo, desde el pacífico hasta Segovia, desde
Alicante hasta Okinawa, nada escapaba al PODER inmenso del señor Gutiérrez.
Su casa estaba protegida por cinco líneas defensivas. En la primera, campos
de minas y sensores armados con láseres, en la segunda, unidades de
artillería, en la tercera, nidos de ametralladora, en la cuarta, carros de
combate de última tecnología, y en la quinta, pero no por ello menos
protegida, un asistente personal del Señor Gutiérrez, dispuesto a comprar
con dinero y poder a cualquiera que hubiese logrado llegar hasta allí.
Cinco líneas inexpugnables.

  Casi nunca aparecía el señor Gutiérrez por televisión, prensa o radio, a
pesar de que controlaba todos los medios de comunicación. Le bastaba
escribir unas líneas o comentar algo sobre un tema para que la bolsa cayese
por los suelos o ascendiese al verde cielo de la economía. El era el
redentor, el Señor de la Tierra, el Hacedor de un mundo nuevo, comprado con
dinero y con astucia, la astucia que sólo el señor Gutiérrez poseía y que
nadie había podido destruir jamás.

  ¿Y cual era el secreto del señor Gutiérrez?. ¿Cual era su poder?. Se
contaba, se decía, se rumoreaba que antiguamente había sido pobre, muy
pobre, hasta que un día desgraciado su pobreza se le había caído de su
interior merced a un desgraciado accidente, y desde entonces, desposeído de
toda bondad y humanidad, se había convertido en el ser más frío y
calculador de la Tierra, y había forjado un Imperio Absoluto sobre el resto
de seres humanos, poseedores todos ellos de pobreza en mayor o menor
medida. 

  Fue un día, por la mañana. El señor Gutiérrez se estaba duchando en su
bañera de oro y titanio, cuando, sin querer, por la pera de la ducha cayó
algo. Algo que se había arrastrado por las alcantarillas y llegado al mar.
Algo que había sido aspirado por el agua en su ascenso al cielo al
evaporarse por la acción del Sol en el mar. Algo que había flotado en el
cielo hasta caer con la lluvia. Algo que se había filtrado en la tierra
hasta llegar a un pantano. Algo que había sido arrastrado a uno de los
miles de tubos de conducción de agua. Algo que había llegado a la ducha del
señor Gutiérrez, cayendo sobre éste. Era, por supuesto, la pobreza del
Señor Gutiérrez. 

  El señor Gutiérrez despertó. Se levantó, y fue de nuevo a su trabajo; un
nuevo día de mendicidad, entre los metros y las viejas calles de la ciudad.
Recordaba algo, casi como un sueño. Pero el hambre y la suciedad, pronto se
lo hicieron olvidar.

                Iñaki Campomanes.

Segundo cuentecillo.

EL  CIGARRILLO.


- Que pase el siguiente.

- Buenas tardes.

- Siéntese. Vamos a ver ... Su tarjeta, por favor.

- Sí, aquí está.

- Muy bien, ummh. Señor Martínez. Cuarenta y siete años. Dígame qué fue.

- Verá, todo empezó con un dolor de pecho, más o menos por aquí. Luego me
empezó a costar respirar normalmente. Me cansaba subiendo las escaleras, y
tosía mucho.

- Ya veo. ¿Y fuma usted?.

- Ya lo creo. Habanos sobre todo, y un par de cajetillas al día. Verá, yo
voy mucho de pesca, ¿sabe?. Todos los médicos recomiendan el aire fresco, y
yo siempre he pensado que el tabaco no me haría daño.

- Pues ya ve usted que sí.

- Sí, sí, si ya me lo decía mi mujer. Sin embargo, cuando uno está viciado,
la verdad, procuras ocultar la verdad con una mentira piadosa cada día. Al
final, esas mentiras... ya ve.

- Pues ha tardado mucho en venir a visitarme, a pesar de todo ese tabaco.
Me extraña que no haya venido antes.

- Sí, es cierto. Pero qué diablos, cuando uno se encuentra bien, jamás
piensas en estas cosas. Y luego, claro, te empiezas a encontrar mal, y sin
querer darte cuenta te ves envuelto en médicos y más médicos. Y todos te
dicen lo mismo. Que si deje de fumar, que si esto no me gusta, y todo eso.
Pero uno sigue fumando, a pesar de todo.

- Bueno, desde luego, tendría usted que haber dejado el tabaco hace ya
tiempo.

- No, si ya lo sé, pero el vicio es el vicio, ¿sabe usted?. Uno fuma un
cigarro, luego otro, y cuando fumas el tercero te juras a ti mismo que será
el último. Luego viene el cuarto, el quinto. Yo qué sé. No hay manera. Te
envicias y no hay manera.

- Bueno, desde luego, la voluntad es muy importante.

- Sí, pero es que yo nunca he tenido voluntad. Toda mi vida me la he pasado
de aquí para allá, sin oficio ni trabajo fijo. Sólo el tabaco y la pesca,
¿sabe usted?.

- La pesca está bien, pero el tabaco ...

- El tabaco y la pesca van muy unidos, señora mía, y perdone, pero llevo
muchos años pescando. En pipa, por supuesto. Tengo una colección de pipas
preciosa. Algunas las heredé de mi padre, y tienen un gran valor.

- Poco valor médico.

- Sí, es cierto, pero qué diablos, se disfruta la vida con el tabaco, y no
soy el único que lo piensa.

- Sí, desde luego, y no es el primero ni el último que vendrá a visitarme
por este dichoso asunto del tabaco. Pero, ¿es que no es suficiente con las
campañas, y las estadísticas sobre enfermedades generadas por este dichoso
vicio?.

- Desde luego, pero ni todo el oro del mundo podría alejarme ni a mí ni a
muchos como yo de las excelencias de tan dulce placer. ¿Usted sabe lo que
es un buen habano después de una buena comida y un buen café?.

- Me temo que no. Yo no he fumado ni fumaré nunca.

- Claro, siendo usted, y con su decisión tan clara contra el tabaco ...

- Además, molesta a las personas que se hallan alrededor.

- Oh, esa es siempre la misma excusa. Dígame otra.

- Las mujeres embarazadas fumadoras ...

- Bueno, quizá, pero no está demostrado ...

- Sí lo está.

- Bueno, que diablos. El placer del tabaco no lo puede negar nadie.

- Ni sus consecuencias tampoco.

- Ya. Pero mientras he podido lo he disfrutado. Si ahora no puedo, que me
quiten lo "bailao".

- Sí, señor Martínez. Pero ahora tendrá que acompañarme.

- ¿Puedo fumarme el último?.

- Pero hay que ver cómo es usted.

- Ya, ya lo sé, olvídelo ... Y, oiga: Lo que me van a hacer, ¿duele?.

- No hombre no, no sentirá nada. Es sólo un formulismo, algo habitual.
Luego ya podrá descansar.

- Ah, bueno, es que soy un poco miedica, ¿sabe?.

- Pues nada, tranquilo y no se asuste, que no son las cosas tan malas como
las pintan.

- No, ya, pero es que claro, esto es nuevo para mí.

- Bueno, para todo hay una primera vez. Vamos, levántese, y acompáñeme. Le
explicaré todo lo que tendrá que hacer ...

- Sí, bueno, vamos ... Hay que ver ... Eh!, un momento; ¿no se olvida
algo?.

- ¿El qué?. Y no sonría usted así.

- Oh, no se lo tome a mal. Se olvida usted su instrumento principal de
trabajo.

- Por Dios, es cierto, qué olvidadiza. Gracias señor Martinez. Mira que
olvidarme ahí tirada la Guadaña...

        Iñaki Campomanes.