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[MC] Otro cuentecillo.



Hola de nuevo. Soy Iñaki (de la historieta pobre señor pobre).

Sirva la presente para comunicaros mi nueva y reluciente dirección de
Internet a partir de enero : campomanes@asertel.es, por si queréis
comunicaros conmigo. De paso, os mando otro cuentecillo, para que lo
disfrutéis solos o en familia. Se entitula "el río" (y no tiene nada que
ver con la canción de Miguel Ríos).

Un saludo y hasta siempre.

El río

Dicen que los grandes fracasos demuestran que no siempre los sueños son
sueños. A veces, son pesadillas disfrazadas de sueños. Quizás sea cierto.
De algún modo, yo convertí mi sueño en una hermosa realidad. La más
maravillosa forma de sueño de la humanidad. 

Pero dejad que me presente. Me llamo Lartu Deria, y fui durante muchos años
el Gran Científico. Después de las Grandes Guerras que asolaron La Tierra
en los albores del siglo XXI, los conocimientos olvidados de Los Antiguos
fueron acumulados y estudiados. Los viejos países del pasado se disolvieron
en la nada. Se creó el Estado Del Poder, llamado Tirannia. Un gobierno
fuerte y totalitario que usaba una forma nueva de religión extremista tomó
las riendas del mundo, y luego se expandió hacia los planetas del Sistema
Solar. Grandes sumas de oro se usaron para crear un Imperio y un Emperador,
el Emperador Estelar, llegado al poder por la muerte y los planes
monstruosos de un ser venido del propio infierno.

¿Qué tiene todo eso que ver conmigo?. Bueno, el Imperio tomó su poder de la
ciencia. Y la ciencia era sólo conocida y desarrollada por un selecto grupo
de hombres. Estos hombres eran conocidos como Los Científicos, y su jefe se
denominaba El Gran Científico, es decir, yo. Mi grupo desarrolló, con los
conocimientos de Los Antiguos, grandes armas, naves interestelares,
poderosas industrias, y, sobre todo, dominio. Dominio sobre la humanidad,
sobre todas las cosas y personas de la civilización.

Mas, llegó un día en el que el Emperador me llamó con una nueva petición.
Él, a  sus setenta años, notaba cómo la vida se le escapaba de entre las
manos. Aunque la ciencia de la medicina le podía otorgar unos cuarenta años
más, ésta tiene un fin, incluso para alguien que se siente inmortal en su
poder. Mientras el pueblo padecía hambre, sed y todo tipo de miserias, un
grupo, Los Elegidos, la Corte Selecta, disfrutaban de una fiesta continua,
pero no infinita. En cada uno de ellos se hallaba, como  en cualquier ser
humano, el estigma de una muerte segura. El Emperador decidió acabar con
aquello que le hacía igual al más pobre de sus súbditos. El Emperador
deseaba ser un dios. El Emperador, como muchos otros antes que él, deseaba
la Inmortalidad. 

Debo reconocer que ante tamaña petición incluso yo temblé. Yo, el mayor
hombre de ciencia de todos los tiempos, capaz de lo imposible, me vi por
primera vez abrumado por la responsabilidad. La humanidad ha soñado con la
inmortalidad desde los albores de las primeras y más antiguas
civilizaciones. De hecho, los dioses no fueron nunca tan distintos de los
mortales. Pero ellos no morían jamás. Así pues, si el Emperador y su Corte
Negra de Elegidos se tornaba inmortal gracias a la ciencia, las antiguas
leyendas mitológicas se harían realidad. Los dioses seríamos nosotros. 

La idea era atractiva, desmesurada, apasionante y monstruosa, pero, ¿cómo
llevarla a cabo?. Realicé un estudio preliminar. Los procesos naturales en
un ser vivo se basan en la oxidación, mediante el uso del oxígeno, de los
nutrientes que el organismo asimila y prepara del entorno que se halla en
las regiones circundantes. Pero este proceso de oxidación no es perfecto.
Las estructuras del organismo se tornan inestables, se  mutan, produciendo
efectos acumulativos. Estos procesos, sumados a la degeneración del ADN en
las sucesivas replicaciones celulares producen los efectos  que son
conocidos vulgarmente como vejez, y, finalmente, la muerte. ¿Cómo podría
evitarlo?. ¿Podría yo emular a un dios?.

Rápidamente comencé una nueva línea de investigación; el proceso
fundamental para conseguir la inmortalidad se debía basar en un paulatino
retraso de los procesos degenerativos de la célula. Para ello, ésta debía
continuar con sus procesos metabólicos comunes, pero eliminando los
procesos reproductivos y la oxidación, es decir, no debía alimentarse.
Evidentemente, este proceso, aún conseguido, no bastaría. Tal proceso
mataría a la célula por inanición. 

El resultado de esta investigación fue el desarrollo de un proceso de
metabolización de los nutrientes requeridos por la célula de tipo
anaeróbico, es decir, un proceso en el que el oxígeno, causante de la
degeneración de la célula, no fuese necesario. Este proceso debía además
eliminar de la molécula de ADN de cada célula los genes que contienen la
información de replicación de la misma. Dicho sistema fue desarrollado y
bautizado con el nombre de IMOM (Inhibidor Metabólico Orgánico Molecular).
El IMOM se basaba en un proceso miniaturizado de alimentación intracelular
en el cual cada célula del organismo era tratada por separado inhibiendo su
sistema reproductor (concretamente, los genes ocupados de la replicación
del ADN), y a la cual le eran suministrados los nutrientes orgánicos
exactos para su existencia. De hecho, la célula pasaba a ser una estructura
metaestable, es decir, estable tanto por su nueva naturaleza como por una
asistencia exterior artificial mecánica. El sistema necesario para
controlar todas las células de un organismo se basaba en un sistema
computador orgánico neuronal, que en sus primeras fases ocupaba un volumen
de dos por tres metros, pero que pronto pudimos reducir hasta que fue
portable por una persona en el cinturón, de tal forma que se pudiese llevar
con uno mismo. El incoveniente de este sistema, si es que puede tomarse
como tal, es que el organismo no debía tomar alimentos de forma natural. La
nutrición se basaba en la inclusión directa, en cada célula, de los
nutrientes necesarios, y en la excreción de los residuos de la misma. 

El sistema, una vez desarrollado, fue probado en animales, y estos
comenzaron a ver prolongadas sus vidas. Finalmente, se consiguió que una
célula viviese de manera indefinida. Poco a poco se fueron realizando
mejoras al sistema, y de sistemas unicelulares se fue pasando a sistemas
orgánicos complejos, hasta llegar a mamíferos, como ratones, conejos y
otros. El resultado fue increíble. Incluso mejor de lo esperado.
Finalmente, usé el IMOM en mí mismo. Mis procesos metabólicos se
detuvieron. Me convertí en inmortal. Mi cuerpo dejó de envejecer. Mientras
el IMOM funcionase, mi vida no se apagaría nunca. Eso sí, si el IMOM, por
cualquier motivo, era desconectado, el resultado era una degeneración
rápida del organismo. Este, debido a las modificaciones genéticas
realizadas, quedaba convertido más o menos en un puzzle de moléculas
orgánicas, con resultados dantescos.

Pero todo tiene un precio, y ése era muy pequeño. Mas no pensé en precios,
ni grandes ni pequeños, cuando la recompensa es la Vida Eterna. Pensé en la
Gloria. El primer Ser Eterno. El Primer Dios de una Nueva Raza de Dioses.
Rápidamente, el Emperador y Los Elegidos fueron informados. Todos, sin
excepción, se sometieron al experimento. Todos nos convertimos en seres
inmortales. Ni los dioses podían ya compararse a nosotros. Nosotros éramos
dioses. No más religiones. No más cultos ni creencias místicas. El pueblo
nos adoraría a nosotros como antes había adorado a sus dioses de piedra. 

Pasaron los años. La inmortalidad del Emperador le convirtió en un ser aún
más perverso, más siniestro. Poco a poco fue sometiendo al pueblo a todo
tipo de restricciones, vejaciones y horror. Finalmente, las monstruosidades
de su Imperio se convirtieron en algo tan habitual y terrible que ni los
antiguos emperadores romanos, ni Hitler ni ningún otro loco podrían
competir jamás. Además, la esperanza de la muerte del tirano, que antes
consolaba a aquellos que se veían aterrorizados por un sistema
totalitarista gestionado por un dictador, en este caso no podrían verse
cumplidos jamás. Los dioses no sólo habían llegado y dominado La Tierra :
la habían convertido en un infierno en vida. La humanidad estaba condenada
a una tiranía que no conocería final. Imposible era llegar al Emperador,
escondido en su castillo, defendido por la más salvaje guardia pretoriana,
hombres a los que se les había concedido la inmortalidad a cambio de
defender la vida del Emperador y su Corte.

Muchos años de dolor, como nunca antes la raza humana había conocido,
convirtieron los sueños y las esperanzas de las gentes sencillas en una
lejana leyenda. No quedaba sino desear la muerte en la esperanza de que una
nueva vida permitiese una posibilidad de libertad y de paz. La muerte se
convirtió en vida, y la vida se convirtió en el infierno de la muerte.  

Un día, sin embargo, tras varios siglos de gloria ininterrumpida, me
acerqué a mi hogar, y pasé, como siempre, delante de la jaula que encerraba
al primer mamífero inmortal, el primer éxito de mis experimentos, un ratón
de laboratorio. Pasé, y miré de soslayo. No fue hasta haber entrado a otra
habitación cuando noté que algo raro había sucedido. Volví sobre mis
propios pasos, me acerqué a la jaula y miré. El IMOM del ratón funcionaba
correctamente. ¿Qué había ocurrido?. El terror se apoderó de mí. Grité.
Comprendí. No somos dioses, al fin y al cabo. Y habíamos dejado de ser
seres humanos. Recordé la frase : todo tiene un precio. Frase que se puede
resumir en la afamada segunda ley de la termodinámica. Como científico, me
avergoncé de mí mismo al haberla olvidado. Como ser humano, comprendí que
había dejado de serlo. No era ya, ni dios, ni humano.

Ahora estoy aquí, sentado, sólo, en este valle oscuro y frío. Un viejo
árbol, más antiguo que el tiempo, sirve para apoyar mi cuerpo. Un río fluye
mansamente delante de mí, transportando un agua clara y gris. Espero. Llevo
en verdad ya rato esperando. ¿Cuánto?. No lo recuerdo. Parece que el tiempo
se hubiese detenido. ¿O fluye como el río?. ¿O es el tiempo y el río una
misma cosa?.

Ya llega. Es él. ¿No lo había comentado?. El precio. Todo tiene un precio.
Suena tópico, pero es verdad. En mi caso, el precio fue acorde con mi
locura. Lo comprendí cuando vi aquel amasijo de carne que poco antes había
sido un animal. No lo tuve todo en cuenta. Sí, pensé en el cuerpo, pero, ¿y
la mente?. ¿Era la mente inmortal?. ¿Es el yo de un ser vivo inmortal como
su cuerpo?. No. Claro que no. La mente también muere. Y si no muere, tarde
o temprano, desea morir. Aquel ratón se había matado con un dolor y una
furia como ninguna tortura pudiera imaginar jamás. Y él mismo se produjo
tal horrible final, ahogado en la más profunda de las locuras. ¿Cuánto
tiempo?. ¿Cuánto hasta que todos nosotros, los mismos dioses, los que se
habían erigido a sí mismos en una nueva raza acabasen igual?. La mente, ese
reducto insondable. La mente, que había creado el principio de mi éxito,
era la causante de mi final.

Ya veo cómo se acerca el barquero. Me lleva al otro lado de la orilla de
este río, donde hallaré la paz. No conozco al barquero, ni sé lo que me
espera más allá, pero sé su nombre. Sólo sé su nombre, Caronte, y sólo veo
algo en el otro extremo del río. Un perro. Su nombre es Cerbero. Guarda una
puerta. La puerta del Hades. La puerta del Infierno. No veo nada más allá.
Sólo una completa oscuridad. Allí, lo sé, no tendré cuerpo con el que
experimentar, ni mente con la que pensar. Allí hallaré la paz. Allí, por
fin, seré inmortal.

Iñaki Campomanes Díez.