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Aquí tenéis un cuento de tamañno mediano que se puede tomar como primer plato

Más lejano, más lejano...

La noche fermentaba visiones y pesadillas cuando algo, no sabes qué te despertó.
La Luna parecían entre las nubes como un felino agazapado y acechante.
Tuviste frío pero no un frío material, un frío psicológico. Una cuchillada
de hielo penetraba entre los recovecos de tus células.
En seguida intuiste que latía junto a ti una inmensa fuerza, ausente y
presente, sutil y descomunal, fuerza secreta que no podían captar tus torpes
sentidos pero que impresionaba los sensores más sensibles del presentimiento
y la intuición.
Sospechaste, entonces, que algo iba a cambiar para siempre tu vida y el
pánico como una explosión  nuclear obnubiló con su paroxismo las coordenadas
de tu mente. Pánico sin causa aparente, sin porqué, pero por ello más tirano
e invencible.
Era como una enfermedad repentina que se había adueñado de ti ese tiritar
febril e inexplicable. Impotente como un niño ante los terrores de las
sombras intentaste despertar a tu mujer. Primero tímidamente, después con
más violencia. Le gritaste, le gritaste, llegaste incluso a golpearla, pero
no podías sacarla de su sueño. ¿Es que acaso estaba muerta? ¿Era eso lo que
habías presentido? ¿El frío de la muerte acercándose a tu esposa por el
aire? No. No. Porque su pecho temblaba con la paz del sueño, porque su carne
estaba tibia como la carne viva, porque sus mejillas conservaban los colores
de la vida.
Abandonaste tu alcoba y al salir tropezaste con Lil, gato suntuoso como dios
egipcio, gato de andar hierático y solemne, que dormía en el umbral sombrío
de la puerta.
Llegaste a la habitación de tus hijos; por la ventana contemplaste el mar.
Tu sensación de horror creció como las potencias de dos porque los niños
también dormían y vanos fueron tus intentos de hacerlos volver a la vigilia.
Te dirigiste al teléfono y llamaste al médico, a tus amigos, a la policía,
marcaste después números al azar pero en ninguno obtuviste respuesta.
Temblando como si todo tu cuerpo fuera un inmenso corazón, bajaste las
escaleras, abriste la puerta de la calle y te abandonaste a una loca
carrera, sumido en las sombras profundas de la noche.
En el camino había luz y delante un hombre. Te dirigiste a él.
-Señor, por favor...- balbuceaste.
Su rostro no se inmutó, como si no hubiese oído tus palabras; nada
respondieron sus labios ni otra réplica obtuviste, pasó delante tuyo sin
hablarte, sin mirarte, como si no existieras para él, como si fueras un
espectro invisible. Y las tinieblas de Cadaqués se lo tragaron.
Entraste en el casino que raramente estaba abierto a aquellas horas; viejos,
marinos y turistas se hallaban en sus mesas. Uno jugaba al solitario, otro
en la máquina tragaperras; nadie conversaba ni bebía, el camarero dormitaba
encima de la barra. Muchos clientes dormía también el suelo o dando
cabezadas en las sillas. Gritaste, zarandeaste a muchos pero en ninguno
obtuviste respuesta.
De pronto escuchaste una voz; alguien gritaba como tú, renació un instante
la esperanza. Pero no era la voz de la vigilia la que hablaba, era la voz de
los que duermen. Se levantó un griterío de seres dormidos, incoherente,
absurdo, dodecafónico, inútil como aquellas campanas de la iglesia que
latían para nadie. Aquellos monólogos oníricos te taladraban el cráneo y
echaste nuevamente a correr.
Era un mundo de seres inconscientes y tú el único despierto, insomne en un
mundo hibernado, lúcido en el universo de los sonámbulos. ¿O también dormías
y soñabas esa terrible pesadilla de estar en vela mientras todos duermen?
Como espía sigiloso avanzaba el amanecer sobre el agua y el pueblo.
Te acercaste a la playa donde niños y muchachos desnudos dormían en la
arena; la tímida luz del horizonte temblaba en sus cuerpos blancos.
Algunos jugaban solos en la tierra o en el mar, en ninguno obtuviste tampoco
respuesta.
  
Cementerio vivo,
cosmos de sonámbulos.
Todos los caminos cortados.
Monólogo de seres dormidos
junto al mar o sin el mar.
Palabra que no rebota,
nadie escuchará ya más
porque están muertos en vida,
muertos en sueño.

El mar estaba indeciso entre el azul  y el naranja. Una barca pasó mientras
se elevaban gaviotas en el cielo. El primer bullicio llenó las calles y los
paseos. Pero nadie conversaba, sonámbulos a la luz del día.
Dormidos ejecutaban los mismos trabajos de siempre.
Había silencio en los labios de todos, estaban cerrados los ojos de todos,
no había expresión en los rostros de nadie.
Qué desesperación no incendiaba tus venas, prisionero del absurdo, reo de la
fatalidad ignorada, cuando te sentaste en aquella plaza blanca y escuchaste
el rumor del agua luchando con las rocas, y viste el árbol que tendía hacia
ti sus ramas y el murmullo de la brisa, su rumor cada vez más lejano, más
lejano, más lejano...

                  José Antonio