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Esta es una idea algo descabellada que fui muy reacio a escribir, pero
finalmente me atreví y os la puedo presentar
JUEGOS

Dicen que fue él quien inventó el juego; era el niño más alegre de la ciudad
y también el más bello. Allá donde estaba le acompañaban la risa y el
encanto, todo lo llenaba con su adorable presencia. Jamás se le vio triste
ni melancólico. La vida le desbordaba y pocas frustraciones tuvo pero
inventó el maldito juego: el juego del suicidio. No, no vayan a creer que
iba mal en los estudios, que no era bien aceptado por sus compañeros, que
tenía problemas en casa, que no se lo pasaba bien. Yo sé y puedo asegurar
que era uno de los muchachos más felices que he visto. Sin embargo también
sé que se encaramó encima de la baranda de su balcón y dando un salto al
aire segó, casi con elegancia, su vida maravillosa.
Quedó muerto sobre el pavimento con una tierna sonrisa en sus labios y una
expresión de satisfacción en su rostro intocado. Era el suicida más joven y
hermoso de aquél año. La luz de la muerte había apagado el brillo sublime de
sus ojos y , a partir de entonces, sin que nadie pueda explicarlo, se
extendió una niebla en los hogares. Como una epidemia psicológica se propagó
el germen y ningún padre ni educador estuvo ya tranquilo desde aquél día
furibundo.
Nadie ha logrado encontrar una respuesta al dilema. Nuestros niños son
felices, el estado asigna un fuerte presupuesto para su educación y
esparcimiento. En las escuelas aprenden y se divierten, los maestros les
enseñan y les quieren. Están preparados convenientemente y son amigos de
ellos, no como en épocas pasadas hace quince o veinte años. Los padres
pueden dedicarse a ellos por las tardes. Los locales infantiles proliferan
casi en las esquinas atendidos por buenos profesionales. Nuestros muchachos
son felices, no hay duda, como nunca lo han sido los niños. Y, sin embargo,
se suicidan. Mueren por su propia mano, solos, en parejas o en grupos, en
cualquier calle o parque de nuestras ciudades.
En los ríos se ven flotar sus cuerpos ahogados y de los árboles penden sus
cadáveres hermosos.
Muerte bella y turbadora en todos los lugares, muerte absurda y estética
como flores recién segadas y aún frondosas. Los tienes al lado, contentos,
riendo, con los colores del júbilo en sus mejillas, con el brillo de la
felicidad en sus pupilas, con esa gran vitalidad y energía que nos desborda
y a los pocos segundos los ves saltar por la ventana. Te descuidas un
instante y yacen moribundos a tus pies.
Todo como un juego, un patético juego en el que sólo se participa una vez.
Nos dejan como se van las hojas llevadas por el viento. Están y ya no están
con nosotros como los segundos de un reloj digital. Con ellos se va nuestra
alegría y una gran nube de tristeza flota en nuestros cielos ahora oscuros.
Sé que esto pasará porque los niños se hartan de todo, y acabarán hastiados
también de esta moda. Pero, hasta entonces, ¿cuántos jardines se quedarán
sin flores? ¿cuántos rosales perderán sus rosas y cuántas lágrimas habremos
aún de derramar?


     JOSE ANTONIO