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[MC] dos cuentos de terror




Malditas máquinas

No podía soportar aquella mirada, aquellos ojos verdes que me escrutaban a
través de los cristales de sus gafas de concha. Pero la deseaba. La deseaba
de cuerpo entero, incluso con aquella mirada aterradora. Y ella también.
Estoy seguro. Porqué si no, ¿por qué iba ella a horadarme así?, ¿por qué
iba a penetrarme cada vez que nos cruzábamos en los pasillos de la oficina?
Era cierto. Ella me deseaba ardientemente. Como yo. Una vez intenté
aguantarle la mirada, me presté al juego, quise vencer en aquel torneo
vidrioso. Me fulminó. Me quemó. Perdí y me derrumbé derrotado.

Desde entonces la esquivé. Solo la miraba un instante, corto, fugaz, pero
suficiente para sentirme enteramente abrasado. Ella se dio cuenta. Me
interrogaba alzando las cejas, con una leve mirada que me ruborizaba, sin
atreverse a descargar toda su energía sobre mí. Mi indiferencia simulada le
molestaba y le gustaba. A mí, por qué voy a negarlo, aunque me resultaba
difícil mantenerme alejado de ella, también. Quizás por eso, por culpa de
aquel desliz, comenzó a visitar mi despacho con mayor asiduidad, cada día,
cada mañana, cada hora. Hasta que consiguió que me trasladasen a la sección
de ventas, a su sección. Me pusieron una mesa enfrente de la suya. Solos,
ella y yo, al descubierto.

Entonces aprendí.Cada día estaba más hermosa. Su cuerpo se me aparecía
nítido, y brillante. Mi pasión por ella crecía. Mi deseo era pura
voluptuosidad. Crecía cada vez que sentía sus ojos que hurgaban en mi alma.
Aprendí a mirarla sin verla y nos entendimos. En silencio.

Pudimos ser amantes. Grandes amantes. Yo lo intenté.

Fue un sábado por la tarde. Inventamos una excusa para quedarnos a
trabajar. No había nadie más en aquel edificio. Solos. Su mirada envolvente
y yo. Nos encerramos en el cuarto de las fotocopiadoras. Solo aquellas
cuatro máquinas serían testigos de aquella pasión. Levanté las tapas de las
fotocopiadoras y en todas programé cien copias. Entonces apagué la luz. Los
destellos verdes, como sus ojos, lanzados al espacio me permitieron mirarla
sin quemarme. El ritmo frenético de las copiadoras nos ayudaría, pensé, en
nuestro amor.

Nos besamos con deseo, con el deseo del que lleva demasiado tiempo
esperando. Bebimos de nuestro placer y nos repetimos sobre la superfície
gélida y brillante de aquellas máquinas. Sin saber cómo me vi próximo a la
trituradora de papel. Nos peleamos. Todo fue muy rápido. Sus brazos me
sujetaban con una fuerza sobrehumana. Intenté deshacerme de aquella presión
pero sentía su mirada taladrándome. Me revolví y la lance contra una
fotocopiadora. Verde contra verde. Se vino a tierra. Su cabeza se golpeo
contra la trituradora. Salí corriendo sin mirar. Con el tiempo justo de oir
el chasquido inconfundible de aquellos dientes metálicos cuando se ponen en
funcionamiento.


Felipe R.

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El destino

A veces pienso que deberíamos dejarnos llevar por el destino. Así,
libremente, sin intentar ir más allá. Aun cuando eso nos proporcione poco
placer y mucho sufrimiento. Por eso cuando me despidieron me lo tomé con
filosofía, como  se suele decir. Esperaba un futuro mejor. Así me lo auguró
una gitana unos días antes de que me echaran. Y yo me lo creí. También por
eso, cuando mi esposa me abandonó y se fue con mi jefe, tampoco me importó
demasiado. Total, qué es la vida sino el fluir, el vagar, el ir de aquí
para allá sin saber demasiado bien a dónde vamos a llegar. Y aquella mujer
tenía razón. Al poco tiempo la fábrica donde había trabajado durante veinte
años se quemó. Un accidente, dijeron. Era el destino. Mi jefe y mi mujer
estaban dentro cuando aquello ocurrió. El destino otra vez. Nunca
encontraron los cadáveres.

Ni nunca los encontrarán.

El destino hizo que encontrara un folleto sobre un curso práctico de
medicina jibárica y reducción de cabezas. Y pedí información. El destino.
Me gustó y me inscribí. El destino otra vez. Realicé escrupulosamente todas
las prácticas y  obtuve una matrícula de honor y un diploma al final del
curso. Una buena recompensa.

La policia ha venido a visitarme esta mañana. Me han hecho un montón de
preguntas sobre mi mujer y mi jefe. El comisario tenía una cabeza peculiar,
muy alargada. Creo que está llamado a ampliar mi todavía incipiente
colección de cabecitas. El destino.


Felipe R.