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Un cuento



Hola amigos:

Me presentaré. Mi alias es Anderson y soy de Eibar (Gipuzkoa). Hace
algunas semanas me subscribí a vuestra lista de cuentos y recibí la
confirmación de ella por parte vuestra. Hasta hace una semana, no me
haía llegado ningún relato vuestro. Me llegó el de <Butoni> y eso
me hace pensar que podría intervenir en vuestra lista. Desgraciadamente, no
entiendo el catalánn, aunque espero que ello no suponga que por escribir

en castellano, estaré apartado. No sé si la temática es fija (ficción) o
bien es libre. En cualquier caso, os envío un pequeño cuento (un
micro-cuento) para que sea sometido a vuestra consideración y, si estáis
de acuerdo, me lo publiqueis en vuestra lista. Caso contrario o de estar
equivocado en algún punto, os ruego me lo comunicarais.
Recibid un cordial saludo:
Anderson <anderson@nexo.es>

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«Y ¿porqué lo han hecho ? Me pregunta mi sobrina de seis años, entre
asustada y desconcertada. Un estado de ánimo que, todos sin excepción,
compartimos. Asustados ante la barbarie de unos pocos. Desconcertados,
porque es una situación nueva, ante la cual , ojalá tomemos el camino
correcto y no tengamos que arrenpentirnos ni lamentar mas derramamiento
inútil de nuestra sangre.

Pero la pequeña me sigue mirando fijamente y espera una respuesta. La
pregunta nos la hacemos todos y, creo es tan difícil de contestar como de
comprender el  porqué.

Mira, Nerea, ahora que estoy ante un ordenador y, piensas dos veces antes
de contestar de otra manera, te  voy a intentar responder como mejor se
hacerlo. Te voy a contar un cuento »

"Erase una vez, cuatro niños que estudiaban en un colegio. Un colegio como
puede ser al que tú vas. Estos niños jugaban siempre a los cromos, entre
ellos. Pero no jugaban como lo puedes hacer tú con tus amigos, no. Tú coges
tus cromos, les pegas una palmada y aquellos que se les de la vuelta, son
ya tuyos. Ellos decidieron que si jugaban con otros niños, todos los cromos
que se volviesen serían para ellos, sí, pero si no lo conseguían, también
se quedarían con los que ellos más les gustasen. Claro, así nadie quería
jugar con ellos. Hasta que un día les dijeron a los demás niños del patio
que, o jugaban a su manera o irían a por los que no querían jugar como
ellos y se los quitarían. Y, ay del pobre niño que se quejase a los
profesores o intentase enfrentarse a ellos. Les enseñaron sus tirachinas y
las botas de monte, muy duras, que llevaban. Al principio, un niño que no
les tenía miedo, les dijo que así no se podía jugar y, que desde luego, él
no iba a jugar nunca más con ellos. Una tarde, cuando salían de clase, los
cuatro niños, le siguieron por la calle y, en un momento que nadie les
veía, le tiraron un montón de piedras con sus tirachinas y le pegaron con
sus botas. ¡Que simpáticos ! ¿verdad ?. Bueno, pues el niño tuvo que ir al
hospital, porque le habían hecho mucho daño y estaba con todo el cuerpo
lleno de heridas, como el día que tú te caíste de la bici y estuviste una
semana llena de venda y con mucho dolor.

El niño sólo recordaba que cuando se iban, le amenazaron con pegarle a él o
a su hermanito pequeño, si decía algo a cualquiera y que, la próxima vez
que se lo pidieran, tendría que jugar como ellos querían.

Claro. El niño estaba muy asustado y, como ya le habían pegado una vez, no
se atrevía a decir nada, no fuera que volvieran a por él o su hermanito.

Al día siguiente, los cuatro niños, llamaron a todos los que estaban en el
patio y les contaron lo que habían hecho con aquel niño. También les
amenazaron con hacerles a los demás lo mismo, si no hacían lo que les
decían. Todos se callaron y, aunque entre ellos comentaban que eso no
estaba bien, nadie les llevó la contraria durante unos días.

Pero una semana después, los cuatro niños, pensaron que si habían
conseguido hacer aquello que querían, porqué no seguir haciéndolo y a más
niños. Así, les quitaban la merienda a los niños que la llevaban. Les
quitaron el dinero que tenían para gominolas o para comprar un cuaderno. Y,
aquello no se quedó ahí, no... Iban a otros colegios, en los recreos o a
esperarles a que salieran de clase, para quitarles lo que les apeteciera o
pegarles si alguno no hacía lo que le  mandaban.

Los profesores, que no eran tontos, se dieron cuenta de que algo raro
pasaba, pero ningún niño se atrevía a contarles lo que pasaba. Además,
ocurría, que los cuatro niños se portaban siempre muy mal en clase y,
muchas veces eran castigados si les pillaban en alguna trastada. Así que
les dijeron a los niños de su clase, que cuando preguntase el profesor
quien había tirado una bola de papel o estado hablando mientras daban la
lección, otro niño debía ponerse en pie y mentir, diciendo que él era el
culpable.

Eran los reyes del colegio, pero lo eran por el miedo que les tenían. No
pasaba un día sin amenazas, ni una semana sin que algún niño fuera pegado
por aquellos cuatro. Además, más por miedo que por otra cosa, hubo otros
que se juntaron con ellos para hacer las mismas cosas que, en un principio,
sólo las hacían esos niños.

Un día, los profesores les pillaron rompiendo cristales del colegio y
decidieron que ya estaba bien. Así que les separaron a los cuatro niños y
les mandaron a colegios distintos a estudiar por separado. Eso, les enfadó
muchísimo y, les dijeron a los demás niños que, o iban todos a hablar con
los profesores o darían un escarmiento a cualquier otro niño.
No les hicieron caso los demás, porque pensaban que si estaban separados,
no podrían amenazarles los cuatro juntos. Porque, claro, uno sólo no podía
asustarles.

Un día, los niños tenían que presentar su trabajo de fin de curso. Había
cosas muy bonitas. Un niño había hecho un cenicero de barro cocido y
pintado. Otro, había dibujado al ratón Mickey que, parecía el de verdad.
Pero un niño, había hecho un barco de madera, metido en una botella de
cristal. Era lo más bonito que se había visto nunca en el colegio. El niño
se había pasado todo el curso haciéndolo y lo guardaba con muchísimo
cuidado para que nada lo rompiese. Todo el mundo le felicitaba por lo bien
y lo mucho que había trabajado. Pero, en un momento de descuido, la botella
con el barco dentro, había desaparecido. Ya no estaba encima del pupitre
del niño y, este, lloraba de pena y de rabia. Un niño, que estaba a su
lado, le pasó un papel en el que decía que si no iban todos los niños del
colegio donde los profesores, para pedirles que les volvieran a juntar en
la misma clase, romperían el trabajo de aquel niño, que tanto sudor y horas
le había costado.

Cuando se corrió la voz de lo que pasaba, los niños bajaron al recreo y
empezaron a pedir todos juntos que se lo devolvieran, sano y salvo. Niños
de otros colegios, se les unieron o hicieron lo mismo en sus patios. Pero,
aún había más. Si los niños no volvían para la siguiente evaluación a
juntarse en el colegio donde estuvieron, adiós barco.

No había tiempo para hacerlo. Los profesores entendieron lo que pasaba y,
también les pidieron que lo devolvieran a su dueño. De repente, había
desaparecido el miedo en los niños, y ahora tenían una sola idea : que
volviese entero aquel barco. Fíjate como sería la cosa, que un día se
juntaron todos los niños en el patio y se pusieron a gritar que se lo
devolvieran. Eran niños venidos de todos los colegios. Eran miles de ellos,
haciéndoles frente a aquellos cuatro.

Pero, llegó la siguiente evaluación y, aunque todos pensaban que lo iban a
devolver, una mañana un niño, miró por la ventana y lo vio en el suelo del
patio. Estaba completamente roto. Bajaron todos los niños a verlo. Y, sí,
allí estaba el barco roto, con  sus cristales esparcidos por el suelo, por
el que tanto habían luchado y suplicado.

Pero ahora estaban y se sentían unidos y, sabían que, aunque a algún niño
le hiciesen daño, allí estaban todos lo demás para protegerlo y ayudarlo.
Pero, el barco...ay, el pobre barquito, ya no habría forma de arreglarlo.

«Y, ¿así acaba el cuento ? ¿Volvieron a romper más barcos aquellos cuatro
niños ? Pues mira, Nerea, esa parte del cuento la tenemos que hacer entre
todos. Y si les decimos que no les tenemos miedo y que tienen que jugar
como queramos todos, a lo mejor, cuando seas mayor ya te habrás olvidado de
este cuento y estés tú participando de otro mucho más bonito.»

Anderson. 13 de Julio de 1.997
(A la memoria de Miguel Angel )