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[MC] Amazonia



 
AMAZONIA
 

¿Qué quieren qué les diga? He pasado quince de mis ciento veinticuatro años de existencia en el planeta Amazonia. Llegué como tripulante de una nave de carga, transportando víveres y productos químicos. En cuanto pisé aquel extraño planeta, me di cuenta de que, salvo los tres hombres que me acompañaban, allí no había más que mujeres. No eran, ciertamente, mucha población. Rondarían los seiscientos millones, para una extensión habitable de unos dos mil kilómetros cuadrados. Bueno, eso según los cálculos de la Federación Interplanetaria.
Nosotros, habíamos oído extrañas historias sobre aquel mundo. Que si allí los hombres habían desaparecido, que si las mujeres tenían el poder absoluto. En fin, pensábamos que se trataba de chismes intergalácticos, sin ningún tipo de base.
El primer contacto, vía circuito estelar, en nuestros aparatos de a bordo, con los responsables de seguridad de Amazonia, fue efectivamente, con una voz de mujer. Nos ordenaba, con voz severa, que entrásemos por el cuadrante 34 y esperásemos instrucciones para bajar al hangar. Estas instrucciones nos dejaron un tanto perplejos, pues, por todos es conocido que el “aterrizaje” de las naves, se efectúa de forma automática y remota desde la base.
Después de casi tres horas terrestres de espera, nos autorizaron a entrar en su territorio. Nadie vino a nuestro encuentro. Ni el representante de la compañía que nos había contratado, ni ningún policía o autoridad.
Bajamos temerosos de nuestra nave y observamos que, aquel hangar era minúsculo para las naves de entrada. En la otra parte, el espacio que ocupaban las conocidas naves amazonias (delgadas y minúsculas) abarrotaban el área de despegues.

Estabamos allí de pie, los cuatro hombres, mirando aquel panorama, cuando una docena de mujeres, vestidas con indumentaria militar y bien armadas, llegaron a nuestra posición. Totalmente indiferentes a nuestra presencia, comenzaron a entrar en nuestra nave.
-¡Eh, oiga! ¿Qué se supone que están haciendo? – Le grité airadamente a una de las mujeres que se había quedado a mi altura.
De improviso, un fuerte golpe sentí en mi estómago. Me había propinado un culatazo de su subfusil, que hizo que me retorciera de dolor en el suelo. James T., mi oficial de a bordo, intentó reaccionar contra aquella agresión. Sin embargo, antes de que pudiese ni tan siquiera desenfundar su pistola, aquella mujer le obsequió con un soberbio codazo en su barbilla. Los otros dos hombres, se quedaron totalmente paralizados ante aquella muestra de violencia, absolutamente gratuita.
En cuanto me recuperé del dolor y de mi asombro, hice un además a los demás, para que viniesen hacia mí.
- Escuchad, muchachos. No sé lo que está pasando, pero si nos requisan todo el cargamento, me veo escapando a otro sistema para que no me pillen nuestros jefes- Y mirándoles a sus asustados rostros, añadí:
- Y vosotros escapando conmigo.

Apenas habían transcurrido unos segundos, cuando siete fornidas mujeres, transportaban encima de sus hombros las pesadas cajas que se alojaban en nuestra bodega. Enfrentarse a ellas hubiera sido un error garrafal. Entre otras cosas, ellas iban bien armadas y nosotros sólo llevábamos nuestros destornilladores hidraúlicos en los cinturones. Había que pensar en algo… y rápido.
Por mi cabeza se cruzó una historia que había escuchado en una taberna de Aldebaran. En aquel momento me pareció tan descabellada que casi no hice ni caso. Ahora podía ser nuestra tabla de salvación.
-Escuchadme, amazonias. ¿Quién es vuestra responsable? – Me sorprendió mi propia voz actuando antes que mis pensamientos.
-¿Qué es lo que pretendes, forastero, necesitas que te caliente más?- Soltó la más grande de la patrulla, entre risotadas, mientras gratificaba mi pregunta con un sonoro bofetón.
Entonces, la idea que tenía urdida tomó conciencia.
-Lo que pretendo es hacer un trato con vosotras. Os podemos ofrecer algo de lo que jamás dispondréis.

Aquello parecía que funcionaba. Las siete mujeres se quedaron con sus brazos en jarras, mirándome con desprecio, pero en actitud receptiva. Estaba dando resultado.

-Sé que vuestro mundo está decreciendo rápidamente. Según la Confederación, dentro de treinta años, la más joven de vosotras sobrepasará los ciento veinte años. ¿Cómo pensáis perpetuar vuestra raza? – Esperé un par de segundos antes de proseguir. -¿O acaso preferís desaparecer de la galaxia? También sé que muchas de vosotras han huido de Amazonia para no ver como desaparece su raza, y… - En aquel momento me interrumpió la más joven del grupo, con una voz ronca y cuasi-masculina.

-¿Y te crees todos los rumores que circulan por ahí?. Mira, tonto forastero, ni estamos decreciendo ni nos vamos a quedar todas las viejas solas. Si lo que propones es largarte de Amazonia a cambio de tirarte a alguna de nosotras, lo tienes difícil. Por si no lo sabías, las amazonias nacemos ya estirilizadas – Ahora la sorpresa asomaba en nuestros rostros.- Sí, estúpido. De la misma manera que, en nuestro mundo, vuestro sexo es innecesario. Tenemos la tecnología para procrear sin necesidad de vuestra insignificante semilla. – Ahora adoptaba un aire de claro desprecio a los hombres- Así que… ¡no nos molestéis más!.

La patrulla de amazonias continuaron con la descarga del material. En realidad, nos vaciaron la bodega. No repararon en lo que traíamos para ellas, ni lo que guardábamos en aquella ya completa vacía bodega.
Yo, ya no podía aguantar más aquel abuso.
-¿Y qué hay de nuestro pago por todas las mercancías? – Pregunté al completo de la patrulla, que se encontraba ya de espaldas, alejándose de nuestra nave, mientras  mis compañeros asentían leve y vacilantemente con sus cabezas.
-¡Oh, estos forasteros quieren cobrar…! No os preocupéis. ¡Per, Tag! Escoltad a estos hombretones al cuartel y encargaos de que cobren todo lo que se les deba.

Pues eso, ¿qué queréis que os diga? Cobrar, lo que se dice cobrar, no conseguimos. A cambio, recibimos una extraña hospitalidad por parte de aquellas mujeres. Nos alimentan tres veces al día, no tenemos obligaciones y nos acogieron su planeta. La única pega es que la voz se nos quedó un tanto aflautada. Creo que eso les pasa a todos los eunucos…

Anderson. 1.997